El Enemigo Invisible
Y así hoy nos estamos comportando, generando con la complacencia de muchos y la complicidad de otros, una guerra fratricida que no solo se da en ciertos espacios públicos o privados, sino que la explosión y utilización de las redes sociales, ideales para diseminar el odio, se han vuelto el campo de batalla perfecto; porque el anonimato te permite ser un soldado que ataca, pero que no requiere defensa.
El Perú lleva muchas décadas de polarización social, término que se ha utilizado hasta el hartazgo, pero que personalmente creo, no se alcanza a apreciar en su real dimensión. Esa edificación de polos opuestos, potenciada a raíz de las últimas elecciones presidenciales de 2021, ha resultado en la construcción de lo que llamo, la teoría del Enemigo Invisible.
La sociedad peruana ha entrado en un círculo vicioso de construcción de enemigos indiscriminadamente. Y cuando digo enemigo, elijo el término con precisión, porque al enemigo hay que acabarlo, aniquilarlo, eliminarlo y si es necesario, matarlo. No es un opositor al que hay que vencer, no es un disidente, un discrepante, no; es un enemigo. Y así hoy nos estamos comportando, generando con la complacencia de muchos y la complicidad de otros, una guerra fratricida que no solo se da en ciertos espacios públicos o privados, sino que la explosión y utilización de las redes sociales, ideales para diseminar el odio, se han vuelto el campo de batalla perfecto; porque el anonimato te permite ser un soldado que ataca, pero que no requiere defensa.
Este fenómeno no es exclusivo de nuestra realidad, basta con estar mínimamente al tanto de la política internacional para ver como en países de la región como Brasil o México o inclusive en la modélica democracia estadounidense, ese conflicto interno también es una constante. De hecho, las elecciones presidenciales de 2020 en los Estados Unidos, donde el expresidente Donald Trump propulsó el letal fenómeno del fraudismo (neologismo que nunca debió nacer), marcó un hito para que las débiles democracias sudamericanas adoptaran ese funesto concepto para rayar la cancha entre los ganadores y los vencidos (éstos últimos como resultado de un fraude electoral).
Una de las principales características del fenómeno del Enemigo Invisible, es la adjetivación de este supuesto enemigo. La descalificación en base a elementos totalmente ajenos a la materia política o social que puede ser discutida. Adjetivos peyorativos en base a características físicas, raciales o geográficas. El argumento pasa a segundo plano. De hecho, es justamente la falta de argumentos lo que lleva al ciudadano beligerante a tener que recurrir a insultos para iniciar ese proceso bélico donde el “otro” por situarse en la trinchera contraria es sin importarnos por qué, un enemigo. Así las cosas, estamos padeciendo esa confrontación entre los llamados extremistas de la derecha, calificados como brutos por sus interpretaciones alejadas de la realidad; los extremistas de la izquierda, caviarizando (término cuya definición sigue siendo una enorme incógnita por la falta de acuerdo común entre sus propios seguidores), y codo a codo con la derecha, a todo aquel que no piense como ellos. Diría más, es la versión trotskista del siglo XXI para la izquierda peruana (y ya sabemos cómo acabó Trotsky en su exilio en el hermano país de México). A ellos se suman los caviares, los conservas, los progres, los corruptos, los que se creen la reserva moral, los mercantilistas y así indefinidamente.
La política no está exenta de pasión, ni por asomo. De hecho, probablemente despúes del deporte (por lo menos en alguno de ellos) sea la actividad social más pasional. Sin embargo, dirigir los destinos del país, es por decir lo menos, algo más relevante que un resultado deportivo. Y los actores políticos, los públicos y los privados, son algo más que jugadores. Son quienes están llamados a definir el destino del país y buscar, en suma, una mejor condición de vida para todos; aunque esto último parezca una total utopía y escuchemos cada día más frases como “no es mi problema” o que “que se jodan por votar por A o por B”.
Hermanos, no somos enemigos. Pensamos diferente, sentimos diferente, somos diferentes. Pero la consolidación de nuestra república debe pasar por lo menos por un norte común. Por entender que la República del Perú jamás llegará a ser tal, si por lo menos no definimos ciertos elementos como transversales desde el polo más extremo a su trinchera opuesta. Elementos como la empatía, la comunidad y la concepción de todos como ciudadanos de una misma nación, con la construcción de una base de derechos, pero sobre todo de deberes comunes a todos; un imperio de la ley que haga justicia sin distinción, una búsqueda, en definitiva, de un país mejor. El individualismo solo lleva al fracaso social. Somos seres por naturaleza, sociales; vivimos en comunidades, en tribus, nos gusta ser parte de ellas, queremos encontrar “iguales”. Pero hasta en las tribus más primitivas, los pactos sociales existen, siempre que éstos permitan una mejor convivencia. Seamos menos primitivos y más ciudadanos.
Visibilicemos al otro, pongámosle nombre y rostro, es un peruano o una peruana como nosotros. Discutamos, debatamos, pero no como enemigos; démosle sustento a la democracia en base a esa deliberación que no es otra cosa que, el corazón de ese sistema de gobierno, que ha demostrado ser el único que aunque imperfecto, nos puede llevar un futuro promisorio. Los totalitarismos, por más que algunos los demanden como salida a las recientes crisis sociales, no son ni por asomo una alternativa. No hay dictadura buena, ni de izquierda, ni de derecha. Construyamos un modelo sobre la base de la democracia que anteponga a todo, el interés nacional, no el individual. Con más libertad, pero siempre sobre la base del respeto, libertad individual, política y social, entendida esta siempre en el marco de una colectividad, con igualdad y con fraternidad. Libertad como no dominación; sin discriminación, sin odio, sin enemigos invisibles.
Hernán.
Derechos de autor de la imagen: El Universal, México.