Inseguridad alimentaria y la parsimonia ciudadana
¿Y la calle dónde está?
Y ahora, quienes en la desesperanza buscan respuesta, le piden a la población salir, marchar, reclamar, en suma, resolver los problemas del país.
Cerraba una columna hace unos días concluyendo con la idea de que los políticos peruanos están tan ocupados defendiéndose los unos de los otros que no les queda tiempo para gobernar; ni un minuto para legislar y fiscalizar en favor de quienes realmente más lo necesitan; ni un minuto para trabajar en beneficio de quienes les cedieron la soberanía –temporalmente- para mejorar sus condiciones de vida. Concluía también con una reflexión sobre el por qué la ciudadanía pareciera estar adormilada, acuartelada o adormecida frente a esta crisis política y social tan compleja y angustiante. Dos cuestiones medulares en los meses que transitamos. Acerca de la segunda, personalmente puedo concluir en que nuestro país, como el planeta entero, está aún de luto y lo estará por mucho tiempo más. Aún muchas familias velan a quienes la Covid-19 se llevó, en muchos casos sin siquiera darles la oportunidad de decir adiós. Porque hoy hay 216,000 peruanos y peruanas menos como consecuencia solamente de la pandemia; porque la pandemia no solo se llevó a nuestros seres queridos, se llevó también nuestros sueños materializados en muchos emprendimientos, muchos negocios, muchas empresas; y eso también duele. En 2019, el desempleo afectaba a 346 mil 200 personas económicamente activas; en 2022, afecta a 1 millón 106 mil 200 personas (1Q)*. En ese lapso de tiempo el Perú cambió de presidente cuatro veces, de ministros, ni contar. Y ahora, quienes en la desesperanza buscan respuesta, le piden a la población salir, marchar, reclamar, en suma, resolver los problemas del país. Hoy nos piden que seamos nosotros quienes tomemos las decisiones políticas que los 130 congresistas no pueden o no quieren tomar. ¿Qué le pasa a la calle?, se preguntan. Eso, eso le pasa a la calle: está velando a sus muertos, reconstruyendo sus negocios, buscando empleo.
Más allá de este recuento de poco más de mil días, y aunque parezca el resultado de la guerra de los cien años, toca mirar para adelante. Y mirando hacia adelante nos topamos con una nueva tragedia que ya nadie –obviamente- quiere ver: más de la mitad (50.5%) de los peruanos sufren inseguridad alimentaria. A 2019, 8 millones de peruanos y peruanas sufrían de inseguridad alimentaria. A 2022 ese número se ha duplicado, superando las 16 millones de personas, un incremento alarmante y vertiginoso que ha hecho sonar todas las alarmas a nivel internacional pero que en el Perú aún no suenan y si lo hacen, nos las queremos escuchar. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, ONUAA, o más conocida como FAO, la inseguridad alimentaria tiene dos niveles: moderada: cuando una familia, en un periodo de un año, no pudo comprar alimentos saludables o dejo de consumir una comida; y grave, cuando durante un día entero una persona no ha podido acceder a alimento alguno. Y de la inseguridad alimentaria grave, tenemos 6.8 millones de peruanos. Más de 6 millones de personas en el Perú viven en una situación tal, que es posible que pasen un día entero o varios días en realidad, sin probar bocado alguno. Y así andamos, saturados de titulares hablando de la plata que algunos o muchos le roban al Estado, a ese mismo Estado que está obligado a velar por la necesidad de esos más de 6 millones de peruanos. Es muy difícil abordar en tan pocas líneas, un problema tan complejo como es la corrupción en el Perú. Trabajos como el de Alfonso Quiroz en Historia de la Corrupción en el Perú, sí permiten entender mejor cómo, cuándo y por qué. Trabajos como el realizado por la historiadora Carmen Mc Evoy en Homo Politicus: Manuel Pardo y los dilemas de la política peruana, 1871-1878, nos permiten entender que esta bacteria, este virus endémico no es un tema que se pueda abordar en un gobierno, en dos, en tres. Nos retan como ciudadanos a entender que si realmente queremos superar la problemática, debemos dejar de ser inmediatistas y proyectar las políticas públicas a largo plazo, a muy largo plazo. Debemos realizar gestos de verdadero desprendimiento político que supongan realizar acciones cuyo resultado nunca veremos hacerse realidad; serán las siguientes generaciones quienes finalmente puedan beneficiarse de lo que hoy, en 2022, nosotros seamos capaces de hacer. Pero eso es exactamente lo contrario a lo que los gestores y políticos peruanos han hecho durante las últimas décadas. Mirarse el ombligo, llenarse los bolsillos, buscar el aplauso fácil, matar sus complejos y vivir sus delirios de grandeza.
El Perú, el republicano, es endémico con respecto a la corrupción. Pensar en esa tragedia me evoca el enorme cuadro de Goya donde Saturno devora en macabros mordiscos a su propio hijo, un hijo que podría llamarse Perú, hijo de un padre maléfico llamado corrupción.
A esa gente, solo un ligero soplo de realidad.
* Instituto Nacional de Estadística e Informática