¡Nunca pierdas la capacidad de indignarte!
Jamás perdamos nuestra capacidad de indignarnos. No dejemos de sorprendernos ante hechos que deben suponer nuestro máximo asombro. Porque si nos asombramos e indignamos, reaccionamos. Y si reaccionamos con la misma vehemencia, todos por igual, podemos saltar la línea que nos divide.
Una de las peores cosas que nos puede pasar como sociedad, es perder la capacidad de sorprendernos y de indignarnos. Ambos elementos tienen un fundamento. Para que algo me genere sorpresa, debe realizarse con muy poca habitualidad. Es decir, que el hecho suceda con muy poca frecuencia para que yo no me habitúe a ello y, por ende, deje de sorprenderme. De igual manera, la capacidad de indignarse supone intrínsecamente que quien sea sujeto del hecho, tenga muy clara su dignidad, sus principios y sus valores, para que el hecho en cuestión, genere una reacción vehemente que irrite y enfade a quien sufra del hecho indignante.
Cuando -a contrario sensu-, nos encontramos con hechos que tienen un factor común, cuya ocurrencia es constante y producto de ello, los valores pierden relevancia, es entonces que el corruptor gana la batalla. Y eso es lo que está pasando. Si bien es cierto, nuestra sociedad tiene una alta tolerancia a hechos de corrupción, los últimos meses no solo hemos sido testigos de los tradicionales sucesos a los que nuestra clase gobernante nos tiene acostumbrados, sino que los niveles de desvergüenza llegan a superar cualquier ficción. Sin reparo alguno se nombran personas en cargos públicos, que ni siquiera conocen de lejos el órgano del cual ahora son directores. Responden a los cuestionamientos con una desfachatez tal que son capaces de echarle la culpa del plagio de una tesis, a la universidad que otorgó el grado. Se desconocen los unos a los otros, aunque le muestres la foto cara a cara. Lo niegan todo. No hay sol que se tape con ese dedo.
Pero como digo, el problema hoy, no está en quien copió esa tesis ni en quien asumió la dirección de un ministerio sin estar preparado. El tema más grave pasa por el hecho de que antes, cuando actos como esos sucedían, las imprentas de los diarios se detenían y los titulares al unísono cantaban la tragedia. Hoy, producto de esa triste habitualidad, ya nada nos sorprende. Y esa falta de sorpresa, reduce nuestra capacidad de indignación. Y la suma de ambos elementos, allana el camino al corrupto, al deshonesto, al delincuente. Porque las calles ya no son el centro de reunión para alzar la voz. Porque ahora, para colmo de males, nos han dividido aún más. Y dividiendo vencerán. Porque ahora yo no marcho a tu lado, ni tú protestas a mi lado. Porque ahora ustedes son los culpables, porque ahora para ustedes, nosotros somos los responsables. Por eso ellos van ganando la batalla. Por eso vamos perdiendo el futuro.
Jamás perdamos nuestra capacidad de indignarnos. No dejemos de sorprendernos ante hechos que deben suponer nuestro máximo asombro. Porque si nos asombramos e indignamos, reaccionamos. Y si reaccionamos con la misma vehemencia, todos por igual, podemos saltar la línea que nos divide. Si saltamos esa línea juntos, podemos recuperar nuestro futuro y, sobre todo, recuperar nuestro país.