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Nuestras taras electorales

No llego a descubrir porque los votantes tenemos ese “miedo a perder” nuestro voto. Como si alguien nos fuera a premiar porque el candidato por el que votamos resultase ganador. En el Perú, votar por quien se considera el mejor candidato para ocupar el puesto, no es tan relevante. Es más relevante votar por quien pareciera, a boca de encuesta, que sí tiene opciones de ganar.

Hernán Díaz Eguiluz. Twitter: @characato1

Publicado: 2022-04-18


Algo en lo que los peruanos hemos demostrado un alto expertise, es en tropezar una y otra vez con la misma piedra. La misma piedra política y electoral. Elección tras elección vemos un patrón específico que no cambia en casi todos aquellos que son elegidos y en teoría llamados a gobernar para la ciudadanía. Actos de corrupción, peculado, nepotismo y un sinfín de ilícitos que buscan una sola cosa: captar fondos del tesoro público para aumentar el patrimonio personal del gobernante. Entrar pobre y salir rico. Y ahí nosotros, consiente o inconscientemente, caemos en complicidad porque compramos el mismo discurso cada 5 años (o lo que las vacancias determinen). No obstante, aquí hay una doble vertiente. Por un lado, están los cómplices indiferentes, quienes asumen con conciencia plena el perfil del candidato cuyo interés principal es enriquecerse, sin embargo, se espera de él o ella que robe, pero no mucho, o que robe, pero haga obra. Es decir, sabemos que esos candidatos tienen una alta probabilidad de robar, pero como los actos de corrupción son absolutamente inherentes a la función pública (en el consciente colectivo de los peruanos), no nos es tan relevante ese factor, sino el hecho de que cumpla con sus promesas y solucione nuestras necesidades más inmediatas, como si el dinero del fisco no fuera nuestro. Priorizamos la satisfacción de esas necesidades por sobre el perfil delictivo del candidato; actuamos en complicidad. El segundo escenario es el del votante ingenuo. Aquel que cree con angustia en las promesas del candidato, en su discurso de político nuevo, honesto y desinteresado; en aquel que emite arengas contra los políticos tradicionales y corruptos y ofrece gobernar para el pueblo y por el pueblo. Esa ingenuidad en realidad no es tal, si entendemos por un momento el nivel sociocultural y educativo del perfil promedio del votante, quien carece en la mayoría de los casos de herramientas mínimas para una evaluación profunda y concienzuda del perfil del candidato. Y si a esas carencias le agregamos una libertad coartada por un significativo nivel de pobreza monetaria y le agregamos además la necesidad urgente de creer en alguien -y finalmente un poco de credulidad- tenemos como resultado a este votante burlado. En ambos casos, con dolo o culpa, el tema es el mismo. El resultado no cambia pues la acción que la genera se mantiene. Ahora bien, que sucede cuando vemos un candidato, que por lo menos sobre el papel, resulta idóneo para el cargo; tanto por competencias como por antecedentes. A mi entender al electorado peruano le resulta en principio, poco atractivo. Esa tara electoral que traemos décadas atrás nos lleva a pensar que ese perfil de candidato no tiene la calle, la cancha, la criollada necesaria para enfrentar a los tradicionales, a los poderosos, a los mafiosos. A ello se suma que tales candidatos suelen no tener grandes presupuestos para sus campañas, por lo que su intención de voto es baja, por lo menos al principio. Y eso resulta en otra tara electoral que nos aqueja: por más que parezca un buen candidato, no votamos por él porque creemos que no va a ganar. Tal cual si estuviéramos eligiendo a un caballo para una carrera en el hipódromo. Me resulta muy difícil entender ese comportamiento. No llego a descubrir por qué los votantes tenemos ese “miedo a perder” nuestro voto. Como si alguien nos fuera a premiar porque el candidato por el que votamos resultase ganador. En el Perú, votar por quien se considera el mejor candidato para ocupar el puesto, no es tan relevante. Es más relevante votar por quien pareciera, a boca de encuesta, que sí tiene opciones de ganar.

Compleja idiosincrasia de nosotros los peruanos en los vaivenes electorales, de los cuales nos cuesta mucho desentendernos porque aquí el voto es obligatorio y, además, casi anual. Esa inestabilidad y debilidad institucional nos lleva a las urnas prácticamente todos los años y todos los años repetimos faena: votamos mal.

Veremos este octubre próximo en las elecciones regionales y municipales si el batacazo de abril 2021 algo nos ha enseñado. Veremos.


Escrito por

Hernán Díaz E.

Mg. en Derecho Corporativo y Finanzas. Abogado, empresario, emprendedor. Columnista y analista político.


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